José Ygnacio Ochoa
La imagen primera no es realmente la imagen que aspiramos perpetuar. Las imágenes posteriores, las que quisiéramos que fuesen son las que, de alguna manera, deseamos conservar. Mariana de José Ramón Fernández, texto que, según el director de montaje Juan Martins no es un texto teatral propiamente dicho, no es un poema pero sí se acerca a una prosa poética con una alta dosis de imágenes, las cuales cobran vida por la movilidad y corporeidad de la actriz Mirla Campos, quien redescubre a Mariana con dos realidades. La primera fácil aparentemente de allanar en donde se establece la relación con un contexto histórico del siglo XIX y una segunda realidad que atañe exclusiva y únicamente al mundo interior de Mariana, el cual nos persuade y moviliza nuestra subjetividad.
«Queremos siempre, afirma Bachelard, que la imaginación sea la facultad de formar imágenes y es más bien la facultad de deformar las imágenes suministradas por la percepción y, sobre todo, la facultad de librarnos del las imágenes primeras, de cambiar las imágenes», es decir, que si no se produce una modificación de aquella imagen primera no se producirá la acción imaginante: el teatro es ficción. El teatro tiene el privilegio de sugerirnos en gran medida esa acción imaginante. Así que desde el primer momento que el espectador pasa a la butaca y se predispone a percibir un conjunto de acciones, poco comunes de la vida diaria, entra éste en un carácter de necesidad esencial en el que Mariana (representada por la actriz Mirla Campos) sugiere con una movilidad no presente, otros olores, otros, colores, otras figuras, en definitiva esa imagen primera se transforma en un vínculo entre espectador-actriz (personaje), ese imaginario es, debe ser, abierto porque cada espectador hará una lectura de la mirada, del gesto, del movimiento de esta actriz. La constante transformación del personaje de mujer encarcelada, manifiesto en el montaje por una silla ubicada en el proscenio que simula barrotes unida a unas líneas verticales señaladas en el escenario, coexisten con el deambular del personaje durante toda la trama. Deambular que no es gratuito, tiene una razón de ser: se une al manejo del traje, más que un vestido es una excusa para producir un sonido particular y perturbador, que en algún momento da entender que se despojaría de él para quedar con un fondo que se ciñe a la figura de la actriz. Convencidos estamos que puede seguir jugando con el vestido en la búsqueda de ese imaginario, a estos elementos se le suma el tono de voz de la actriz y nos atrevemos a emparentarlo con un tono elegíaco, con una musicalidad que encanta y puede arrancar una lágrima de quien la padece y la disfruta, no es gratuito que la escena comience con un grito doloroso, desgarrador y con un acento flamenco.
El personaje, en tanto a su representación, procura encontrar una justificación para la vida creando su propio movimiento, su historia, su corporeidad y devenir en el espacio con su viaje imaginario-único que comparte con un espectador que conciliará luego en su soledad para conjugar la audacia humana y convertirlo en dinamismo innovador.